"Caín" de José Saramago

Dios no es bueno

09-dic-2009 Miguel Ángel Jiménez Guerra

Habiendo superado el año pasado una grave enfermedad, José Saramago ha vuelto a sorprendernos con una novela basada en los textos del Antiguo Testamento

Saramago parece un escritor incombustible. A pesar de haber alcanzado la popularidad a una edad tardía y de haber superado hace tiempo los ochenta años, continua escribiendo a diario (incluso en su propio blog, El cuaderno de Saramago) y gozando de una lucidez que para sí la quisieran muchos intelectuales más jóvenes. Si el pasado año el portugués fue noticia por la publicación de "El viaje del elefante", este año ha estado también de plena actualidad por el estreno de "A ciegas", de Fernando Meirelles, película basada en su magistral "Ensayo sobre la ceguera", a lo que se suma la novela que comentamos. Aunque su estilo de escritura se ha resentido un poco respecto a obras anteriores, su contenido sigue siendo de alto interés.

La marca de Caín

La historia comienza en el paraíso terrenal, con Adán y Eva cometiendo su pecado gastronómico y un Dios muy enfadado expulsándolos y codenándolos al sufrimiento de tener que trabajar para ganarse el pan y parir con dolor, entre otras muchos inconvenientes que conocemos cuantos vivimos en este mundo. Caín protagonizará el primer asesinato de la historia, acabando con su hermano Abel por una simple cuestión de favoritismo: Dios ha preferido los presentes de Abel, despreciando los de Caín, despertando así su ira. En un interesante diálogo, Caín hará corresponsable a Dios de su crimen y Dios asumirá su parte de culpabilidad, aunque sin airearla. "Maté a Abel porque no podía matarte a tí, pero en mi intención estás muerto", se atreverá a decir Caín.

Dios llega a una especie de pacto con él: andará errante por el mundo, pero nadie podrá hacerle daño, debido a la marca que adornará su frente. A partir de ese instante, el lector va a seguir los pasos de Caín, que irá dando saltos en el tiempo y asistiendo como espectador locuaz a los bárbaros episodios de matanzas y sufrimiento por todos conocidos, patrocinados por el Dios del Antiguo Testamento.

Dios y Saramago

"Dios es el silencio del universo y ser humano el grito que da sentido a ese silencio". La conocida sentencia del escritor, bien podría servirnos como declaración de intenciones de la novela. Saramago, ateo declarado, como ya hiciera en "El evangelio según Jesucristo" vuelve a las fuentes bíblicas para interpretarlas, descubrir sus contradicciones y sinsentidos y finalmente calificarlas como un auténtico "libro de los disparates", haciéndonos ver que la fe se basa en la creencia ciega en lo irracional respecto a la cual los fieles no deben hacerse demasiadas preguntas. Saramago se atreve a hacerlas y saca conclusiones desoladoras.

El Dios del Antiguo Testamento que nos descubre Saramago resulta ser un chapucero que ni siquiera sabe que hacer con su creación. Un Dios que aparece y desaparece a su antojo, experimentando sádicamente con los hombres, utilizándolos para sus apuestas con el diablo (veáse el caso de Job), encelándose cuando no se le presta el culto debido y directamente convirtiéndose en asesino de niños inocentes con la destrucción de Sodoma y Gomorra.

"Los celos son su gran defecto, en vez de estar orgulloso de los hijos que tiene, prefiere dejar que lo venza la envidia", escribe Saramago sobre Dios, una vez que ha destruído la torre de Babel, para añadir más adelante esta sentencia tan fulminante como desoladora: "La historia de los hombres es la historia de sus desencuentros con dios, ni él nos entiende a nosotros ni nosotros lo entendemos a él"

El dedo en la llaga

Con "Caín" Saramago ha metido el dedo en la llaga de nuestra tradición religiosa. Una lectura literal de la Biblia produce resultados paradójicos, cuando no disparatados. Como el mismo escritor declaró en la presentación de la novela: "Si la lectura es simbólica, cada uno es libre de interpretar, sí, pero no tanto, no de cambiar lo que está por otra cosa". Y ciertamente, leyendo no solo a Saramago, sino el mismísimo Antiguo Testamento, es difícil creer en la bondad de un Dios tan cruel y arbitrario y extraer de ahí un sentido a la existencia humana. La conclusión es desoladora:

"Pero que triste la gente sin otra finalidad en la vida que la de hacer hijos sin saber por qué ni para qué. Para continuar la especie, dicen aquellos que creen en un objetivo final, en una razón última, aunque no tengan ni idea de cuáles son y nunca se hayan preguntado en nombre de qué tiene que perpetuarse la especie, como si fuese la única y última esperanza del universo".

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Saramago, Alfaguara Saramago
   
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